Oportunidad

Perspectiva de Marshall

El peso de una condena era directamente proporcional a tú manera de asumirla.

La gracia del asunto es que a Ella nunca le había gustado asumir nada, era de esa clase de chicas resbaladizas y con una interesante percepción del instinto de supervivencia que la llevaba a tomar caminos que la santa cordura jamás daría por válidos. O quizás, el verdadero asunto era que soy un capullo sin escrúpulos incapaz de dejarla de lado. Incapaz de no tener su presencia cerca… Claro que esta confesión, llevaría implícito admitir que había alguien que me importaba en este mundo y no iba a ser el caso. Más que nada porque hacía décadas que no me confesaba al cura y sonreía a la monja.

Ella, hacía tiempo había renunciado a sus orígenes y a lo que era por vivir en este mundo. Vivir rodeada de pestilenta humanidad, tan llena de falsos prejuicios y de irónica moral que jamás entendí porqué lo hizo. O quizás, sí pero prefería no reconocerme a mi mismo que se había fabricado un cuento para desterrarme de su vida; torturándome a estar cerca de ella pero nunca con ella.

Lo cuál hubiera sido todo un éxito salvo por un par de detalles:

  • Detalle nº 1: Para que un hechizo dure décadas, la magia debe ser realizada con un sacrificio.
  • Detalle nº 2: No confíes en alguien que no tiene nada que perder, tú memoria porque hará lo que quiera con ella.

Puesto que a Ella no le gustaba andar desangrando a nadie y tenía una estúpida fe en las personas, acudió al más inútil de este mundo para que le hiciera un hechizo de desmemorización, bloqueo de poderes y creación de otra realidad.

No me reiría del asunto, sino fuese porque el inútil era el que se creía su novio quién no dudo en hacerle creer que yo era una alucinación mental.  Lo gracioso y para mi desgracia, estaba vivo, consciente y orientado menos para Ella.

Por eso estaba en aquella fiesta, porque la magia se estaba debilitando y ella comenzaba a darse cuenta de que entraba en su cabeza. Nunca dije que fuera un hábil lector de mentes y estaba más cerca de poder despertarla.

¿Y para qué despertarla?

Por la inigualable sensación de morir y renacer en sus manos.  Sentir ese lado tan oscuro que ella se empeñaba en decorar con purpurina y estúpidas muestras de cariño.

Estaba convencido de que no solo era gilipollas, sino que nací sin instinto de supervivencia. ¿Discapacitado mental? Eso explicaría demasiadas cosas,  como que la estuviera viendo consumir drogas. Esnifar aquel azúcar que sin que Ella lo imaginara me daría la oportunidad de poder acercarme a ella, realmente y establecer el caos que acabaría explotando su cabeza.

 

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