Huida eterna

Resultaba curiosa, las formas que utilizaban las personas para sentirse vivas. Sonrisas, abrazos, caricias, regalos… pero por alguna razón,  a Ella eso solo le hacía bostezar. No despertaba nada, era como sí estuviera atrapada en una especie de círculo vicioso que no le llevaba a nada.

Los días pasaban y las acciones eran una sucesión, estaba en un hábitat medianamente cómodo en el que hacía lo que se suponía que debía hacer pero; había un momento en el día que era crítico. Más bien durante la noche, el minuto antes de quedarte dormido. Ese minuto en el que se permitía ser sincera con Ella misma.  Era el momento de la agonía, el momento crítico.

El momento de sentirse muerta en vida.

Pero el corazón latía, los pulmones hacían el intercambio gaseoso y la fase REM se acababa. El día comenzaba. La sentencia ya estaba firmada. Debía o quería creer que había alguna manera de romper la firma sin saldar la deuda. Siempre la hay, si sabía como conducirlo. Si reconducías los estímulos se podía llegar a encontrar un alivio. Así fue como cambió el minuto de antes ir a dormir por el cansancio del deporte… pero la adicción creaba tolerancia y el cansancio supo a poco. Necesitaba más.

Entonces es cuando la adicta prueba algo mejor, algo más intenso…Algo que tenía como límite tus fibras nerviosas. El dolor. ¿Quién dijo que golpear era el mal? Era un nuevo frenesí con una única pega, dejaba marcas. Marcas difíciles de justificar pero que llenaban un vacío interior, las ganas de saciarse.

No siempre era posible o más bien, la regeneración muscular y ósea no se efectuaba a buen ritmo y en los intervalos, el hambre era voraz. Ahí fue donde empezó a amistarse con pastillas milagrosas y otros fluidos que ayudaban pero todo siempre acababa igual. Gracias a la tolerancia nunca era suficiente, gracias a la consciencia que le gritaba que tenía que despertar que no podría estar siempre en la huida eterna.

Ese era el motivo por el que se encontraba en aquel lugar de mala muerte, en aquel alfeizar inyectándose  el delirio en clave de fa.

Demasiados flash, demasiados destellos de escenas que no comprendía en las que había caras desconocidas y otras difuminabas. Un enigma que no quería resolver y por ella, la sensación de sentir la entrada el fluido en la vena, era la liberación.

No tenía fuerzas para abrir los ojos pero notaba como su piel se electrificaba, estaba segura que no existía en el mundo un alucinógeno tan bueno y por eso, quería aferrarse al sueño porque esa sensación, solo podía ser real. La mera idea de que pudiera haber un ser vivo capaz de hacer que se quisiera aferrar a la vida, era desagradable. Una tortura inmoral y para nada apostólica. De repente, al notar cierto calor en sus labios sintió como le faltaba el aire. La supervivencia hizo el resto, abrió los ojos de golpe y le vio.

A él.

Por primera vez, le sintió.

No podía ser. No debía ser.

¿Marshall?– Consigue vocalizar a duras penas pero como siempre, quién era de una condición siempre conseguía huir…Bendita inconsciencia.

Ella se desmaya y Marshall observa su cuerpo perplejo sin saber que hacer. ¿Acaso había podido sentirle? Debía ser una ilusión, tenía que porque el despertar de Ella nunca traía nada bueno. Jamás.

 

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Un comentario en “Huida eterna

  1. Un relato en verdad agónico, pero que responde al patrón que siguen muchas personas que han perdido el placer por la vida por distintos motivos; y al cual otras, todavía con algún escrúpulo para no abandonarse, o acaso por miedo, o por rabia de renunciar a una existencia que se les ha frustrado, miran con cierto coqueteo, pensando en que en día menos pensado quizá den ese salto, aún sabiéndose incapaces de darlo.

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