Entalpía

Sentada, en la azotea Ella miraba el infinito. Perdida en sus neurosis, consciente de que Marshall era más real de lo que nunca había imagina pero negando casi sin decencia, su corporalidad.

En su cabeza, había piezas que no terminaba de encajar o comprender… ¿Porqué le había borrado de su mente? ¿Y porqué el borrado no había sido eficaz? ¿Podía Ella con un Marshall tangible? ¿Quería eso?

Imaginaba que en su garganta, caminaba una soga eléctrica que poco a poco se cerraba sobre su cuello… La pregunta era… ¿Seguía? ¿Tenía motivos? ¿Podría seguir huyendo? ¿Quería?

Destellos, bailaban por su mente de recuerdos que pudieron o no ser vividos… Ahora, el crack de aquella bota de cuero desgastada estaba allí, con ella, en la azotea creadora de desorden …

-Marshall: Estás consciente… muy considerado de tu parte.

-Ella: La educación, siempre fue mi fuerte.

Marshall, sonríe ante su acidez tan características. Estaba nervioso porque sabía que debía de explicarse… ¿O acaso era la necesidad desagradable de tener que disculparse..

-Ella: No quiero saber el porqué, ni el cómo, ni el cuando. No quiero saber nada…Eso te incluye a ti.

De todos los dardos, de todas las llamaradas del posible incendio de nieve esa era posiblemente, la respuesta más inesperada para Marshall. Enciende su cigarrillo y se pone a fumar pues prefiere observar la volatilidad de la combustión de Ella y arder en su cólera…

Pero ella no ardió, no explotó, no reaccionó como se esperaba y eso, le dolió. Le dolió no reconocerla o quizás ser sabedor de que la estaba perdiendo. ¿Acaso la había desgastado lo suficiente como para que su energía cediera? ¿Cediera a donde?

-Marshall: Yo ya no temo perder, temo dar por perdido.

-Ella: Nadie quiere a un débil para confiar. En tu caso, débil se queda corto…

El humo del cigarro de Marshall, llega a Ella. Cerrando automáticamente los ojos, al seguir teniendo flashback de escenas vividas con él…

-Marshall: ¿Cómo es que no usas tu magia para saber la verdad?

-Ella: Porque no quiero saberla, no me mereces la pena.

Marshall observa como le hablaba, sin señales de vivir realmente. Era un ser que respiraba, que le latía el corazón pero no emanaba vida alguna. La culpa le invadió, por haberla acechado todos estos años pero, se si iba, si la dejaba ir… ¿Podría vivir él?

Es entonces cuando Ella se levanta, sin brillo en su mirada se le acerca. Deposita un beso en su mejilla y pronuncia.- Te sea leve, Marshall.- Y sale, impune e airosa, inmune del lugar mientras a Marshall durante un instante se le ha parado el corazón. ¿Era el adiós definitivo o un hasta luego?

Por primera vez, en mucho tiempo era Marshall el que no sabía qué hacer.

 

 

 

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